Con Halloween me pasa una cosa y es que me pone de buen humor. Me pongo los colmillos, me veo en el espejo y ya estoy jugando. Me dan ganas de inventarme un nombre para la noche, de hablar distinto y de ver hasta dónde se cree la gente el personaje.

Y ahí está lo bueno de Halloween, en que esa noche juega todo el mundo. Tú dices que eres vampiresa y nadie te pide el carné. Fantasear es gratis y a mí me sale solo, me imagino la fiesta, la música y la cara que pone el siguiente que se acerca cuando le digo que esta noche no soy de por aquí.

Luego está la logística, que también tiene su gracia. El corsé no deja respirar, las medias no dejan nada a la imaginación y ninguna de las dos cosas es un accidente. A la hora y media el pelo postizo ya me está matando y a las doce me duelen los pies, y aun así me quedo un rato más porque el juego me puede.

Un disfraz no esconde, da permiso. Y a mí el permiso me sienta mejor que el traje. La calavera del fondo es de plástico. Yo no.

Besitos Nina 💋